jueves, 11 de octubre de 2012

ANATOMÍA DE LA MELANCOLÍA


 Los ojos de melancolía contemplan el reino de lo invisible con la misma intensidad con que su mano toca lo impalpable, con una mirada perdida y vuelta hacia una lejanía vacía, cavilando tristemente con la sensación de no llegar a nada, como un espíritu taciturno, callado y lloroso, lánguido y quieto, silencio y grave, con oscilaciones en las mareas del alma que suben y bajan, con alas que no se despliegan, con una llave que no usa para abrir nada y con laureles marchitos en la frente, sin ninguna sonrisa de victoria Hay que distinguir la melancolía del sentimiento de la angustia e incluso de la misma nostalgia. La angustia está vinculada con el futuro. Si nos angustiamos por algo pasado es porque nos asecha el temor de que pueda repetirse, haciéndose nuevamente futuro. La angustia es un estado que, a pesar de la desazón que implica, es capaz de ponernos frente a la propia soledad y desde ahí –si realmente lo deseamos y ponemos todo nuestro empeño- podemos tener la posibilidad de recrear nuestras situaciones. La angustia puede estar relacionada con la melancolía aunque no necesariamente. Hay temperamentos que no son para nada melancólicos y que –sin embargo- pueden caer en profundas angustias. El melancólico está más propenso a la angustia pero no necesariamente. Melancolía y angustia son –definitivamente- realidades distintas. Hay también diferencia entre la melancolía y la nostalgia, aunque muchas veces las nombremos como sinónimos. La distinción entre una y otra tiene que ver con la percepción del tiempo. La melancolía siente una suave tristeza hacia el presente. La nostalgia, en cambio, añora el pasado.

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