jueves, 27 de febrero de 2014

Psiquiatría y Modernidad

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No cabe ninguna duda de que la psiquiatría es un subproducto de la modernidad, del mismo modo que la máquina de vapor o la producción industrial. La psiquiatría responde a una concepción del mundo que comenzó en la Ilustración y que se extendió a lo largo de doscientos años a lo largo y ancho de todo el mundo imponiendo un modelo médico para la comprensión de la locura, el delito, la violencia y la conducta incomprensible. La psiquiatría en este sentido es un producto cultural que va ligado a una forma de pensar la disidencia o como se decía antes de aparecer el concepto de enfermedad mental, la alienación.
Una manera de pensar que podríamos llamar “naturalización” para entendernos. Se trata de que la psiquiatría aparece en un momento histórico donde la religión y la naturaleza, Dios y la biologia, el alma y el cerebro rompieron por fin amarras y los médicos comenzaron a explicarse la locura en términos de “causalidad natural”. Dicho de otro modo: la locura no se debería a un castigo divino por los vicios, las pasiones o las deudas emocionales de una determinada estirpe o los pecados de un padre o un abuelo borracho sino a ciertas causas naturales que los médicos de entonces llamaron a falta de otra idea mejor, constitucionales.
No cabe duda de que este tipo de pensamiento laico que separó alma y cuerpo ha dado muchos beneficios a la medicina. Me refiero a la medicina del cuerpo, sin embargo es obvio que este tipo de pensamiento no ha traído de vuelta para la psiquiatría ningún “hallazgo con hueso”. La psiquiatría sigue siendo una disciplina con una base epistemológica débil.
Tan débil que de no haber sido por Freud y el psicoanálisis (y sus desarrollos posteriores) hoy lo que conocemos como Psiquiatría seria un aledaño de la neurología: el cerebro-centrismo, heredero de la naturalización de los fenómenos psicológicos y sociales arrolló con tanta fuerza nuestra especialidad que hoy es casi imposible encontrar a un psiquiatra que no utilice los psicofármacos para cualquier cosa interpretando que un trastorno mental es siempre un trastorno del funcionamiento del cerebro.
La modernidad ha traído sobre todo en el mundo actual, donde todo se halla medicalizado y/o psicologizado nuevas contradicciones que proceden precisamente del hecho de aquella laicización. En realidad son muchas personas las que se agolpan alrededor de las creencias científicas con un hábito de fe. La población general cree en la medicina y cree en los médicos, pero la psiquiatría no ha podido o sabido defenderse de ese fenómeno de orfandad en que quedó la población después de que las religiones perdieran prestigio y relevancia como administradoras de lo humano.
La gente de hoy, al menos en nuestro entorno peregrina al médico con más frecuencia que a las Iglesias e incluso a las bibliotecas. El TAC ha sustituido al confesionario, los Hospitales son las grandes catedrales de nuestro tiempo y nuestros clientes o pacientes nos plantean con frecuencia el dilema de si estamos viendo una patología mental o las consecuencias de algún desajuste social.
Los malestares del hombre, todos, pueden hoy clasificarse como patología mental, una critica que con razón se ha hecho a los sucesivos DSMs. Dicho de una manera más clara: descontando los casos extremos, separar la patología de la desdicha es para nosotros los psiquiatras una tarea diaria.

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